Joseph Arthur de Gobineau, padre del racismo

14/Jul/2014

El Sol de México, Edmundo Domínguez Aragonés

Joseph Arthur de Gobineau, padre del racismo

Joseph Arthur de Gobineau, más conocido como
«Gobineau», y a veces referido como «El Conde de Gobineau»,
(Ville-d’Avray, 14 de julio de 1816–Turín, 13 de octubre de 1882), fue un
diplomático y filósofo francés, cuya Teoría Racial, impregnada de antisemitismo
fue empleada en el siglo XX como uno de los principales argumentos del racismo
nazi.

Según sus teorías, las poblaciones mestizas de España,
mayor parte de Francia, Italia, Suiza y Austria, sur de Alemania y partes de
Britania, eran producto del desarrollo histórico de los imperios romano, griego
y otomano que habían abierto Europa a pueblos no arios de África y el
Mediterráneo. También según él las poblaciones del sur y oeste de Irán, sur de
España e Italia, consistían en una raza degenerativa surgida del mestizaje, y
todo el norte de la India estaba poblado por una raza amarilla.

Hitler y el Nazismo tomaron mucho de la ideología de
Gobineau, aunque Gobineau nunca fue particularmente antisemita. Cuando los
nazis adoptaron las teorías de Gobineau, se vieron forzados a modificar su obra
para hacerla casar con los puntos de vista nazis, parecido a lo que hicieron
con la obra de Federico Nietzsche.

Su obra más famosa es el «Ensayo sobre la
desigualdad de las razas humanas» (1853-1855), en la que afirma que la
raza de los germanos, que habita en Gran Bretaña, Alemania, norte de Francia y
Bélgica, es la única raza pura de entre aquellas que proceden de la raza
superior de los arios, por estar las demás más mezcladas con las razas
«negra» y «amarilla».

Ejerció gran apoyo sobre la obra de Nietzsche, la cual,
basada en el racismo de Gobineau, sobre todo en «L’inégalité des races
humaines», da origen a la exaltación del germanismo. Su teoría sobre la
Superioridad Racial influyó en algunos escritores alemanes y fue adoptada
posteriormente por Hitler.

-Raza e instituciones

La idea de una desigualdad innata, original, clara y
permanente en las distintas razas es una de las opiniones más antiguamente
difundidas y aceptadas en todo el mundo. Y visto el aislamiento primitivo de
las tribus, de los pueblos, y ese encierro dentro de sí mismo que todas
practicaron en una época más o menos lejana y del cual muchas jamás salieron,
no hay motivo para asombrarse de ello. Aparte de lo ocurrido en nuestros tiempos
más modernos, esa noción sirvió de base para casi todas las teorías
gubernamentales. No existe pueblo, grande o pequeño, que no haya comenzado por
convertirlo en su primera máxima de Estado. El sistema de castas, de nobleza,
el de las aristocracias, en la medida en que se lo base en las prerrogativas
del nacimiento, no tienen otro origen. Y el derecho de primogenitura, que
presupone la permanencia del primer hijo y sus descendientes, no es, asimismo,
sino un derivado. Con esta doctrina coinciden el rechazo al extranjero y la
superioridad que cada nación se adjudica respecto a sus vecinas. Solo en la
medida en que los grupos se mezclan y fusionan, ya acrecentados, civilizados, y
se consideran con más benevolencia a consecuencia de la utilidad que se presentan
unos a otros, se advierte en ellos el principio absoluto de la desigualdad y,
ante todo, de la hostilidad de las razas, cuestionando e impugnando. Luego,
cuando el mayor número de los ciudadanos del Estado siente correr por sus venas
una sangre mezclada, esa mayoría que convierte en verdad universal y absoluta
lo que solo para ella es real, se siente llamada a firmar que todos los hombres
son iguales. Una encomiable repugnancia hacia la opresión, el legítimo odio
hacia el abuso de la fuerza, arrojan entonces sobre todas las inteligencias un
barniz bastante malo acerca del recuerdo de razas otrora dominantes y que (pues
tal es la condición del mundo) jamás dejaron de justificar hasta cierto punto
muchas acusaciones. De la declamación contra la tiranía se pasa a la negación
de las causas naturales de la superioridad que se insulta; se la declara, no
solo perversa, si no inclusive usurpadora. Se niega, equivocadamente, que
ciertas aptitudes sean por necesidad, por fatalidad, la herencia exclusiva de
tales o cuales descendientes. Y, por último, cuando, más está compuesto un
pueblo por elementos heterogéneos más se complace en proclamar que todas las
fracciones de la especie humana sin exclusiones, poseen las facultades más
diversas o pueden poseerlas en el mismo grado. Esta teoría es apenas aplicable
a esos filósofos híbridos, pero la amplían hasta el punto de abarcar con ella a
todas las generaciones que existieron, existen y existirán en la tierra. Y
algún día terminan por resumir sus sentimientos en las siguientes palabras que,
como el saco de Eolo, encierra tantas tempestades: «¡Todos los hombres son
hermanos!».

He aquí el axioma político. ¿Se quiere escuchar el axioma
científico? «Todos los hombres -dicen los defensores de la igualdad
humana- están provistos de instrumentos intelectuales semejantes, de la misma
naturaleza, del mismo valor, del mismo alcance.» Quizá no sean las
palabras exactas, pero por lo menos, el sentido es ese. ¡Así, por ejemplo, el
cerebro del indio hurón contiene en germen u espíritu en todo sentido similar
al de los ingleses y los franceses! ¿Por qué, pues, a lo largo de los siglos,
no descubrió la imprenta ni el vapor? Yo tendría el derecho de preguntarle a
ese hurón, si es igual a nuestros compatriotas, ¿por qué, los guerreros de su tribu
no tuvieron un César ni un Carlomagno, y por qué inexplicable negligencia de
sus cantores y sus brujos no se convirtieron nunca en Homeros ni en Hipócrates?
Por lo general se responde a esta dificultad poniendo en primer plano la
influencia soberana del ambiente. Según esta doctrina, una isla no conocerá, en
materia de prodigios sociales, lo que puede llegar a tener un continente. En el
norte la gente no será lo que es en el sur. Los bosques no permitirán los
desarrollos que favorecen la llanura descubierta ¿Y qué más? La humedad de un
pantano hará crecer una civilización que en la sequedad del Sahara se habría
asfixiado inexorablemente. Por ingeniosas que sean esas pequeñas hipótesis,
deben enfrentarse a la voz de los hechos. A pesar del viento, la lluvia, el
frío, el calor, la esterilidad, la frondosa abundancia, todo el mundo ha visto
florecer, en forma alternativa y en los mismos lugares, la barbarie y la
civilización. El fellah embrutecido se calcina bajo el mismo Sol que quemaba el
poderoso sacerdote de Menfis; el sabio profesor de Berlín enseña bajo el mismo
cielo inclemente que otrora presenció las desdichas del salvaje finlandés.

Lo más curioso es que la opinión igualitaria, admitía por
la masa de los espíritus, de donde ha derivado a nuestras instrucciones y
costumbres, no encontró la fuerza suficiente para destronar la evidencia, y que
las personas más convencidas de su verdad rinden todos los días homenaje al
sentimiento contrario. Nadie se niega a comprobar, a cada instante, graves
diferencias entre las naciones; y el propio lenguaje habitual las confiesa con
la más ingenua incoherencia. En ese sentido no se hace más que imitar lo que se
hizo en épocas no menos convencidas que nosotros, y por las mismas causas, de
igualdad absoluta de las razas.

Todas las naciones supieron siempre mantener, al lado del
dogma liberal de la fraternidad, calificaciones y epítetos que indicaban
semejanzas. El romano de Italia llamaba «Gracculus», o «pequeño
griego», al romano de Grecia, y le asignaba el monopolio de la locuacidad
vanidosa y de la falta de valentía. Se burlaba del colono de Cartago y
pretendía reconocerlo entre mil por su espíritu litigioso y su mala fe. Los
alejandrinos pasaban por ser espirituales, insolentes y sediciosos. En la Edad
Media, los monarcas anglonormandos acusaban a sus súbditos galos de ligereza e
inconstancia. ¿Quién no escuchó hoy destacar los rasgos distintivos del alemán,
del español, el inglés y el ruso? No necesito pronunciarme sobre la exactitud
de los juicios. Solo destaco que existen y que la opinión corriente los acepta.
Así, pues, mientras que por una parte las familias humanas se consideran
iguales y que, por la otra, unas son frívolas y otras responsables; éstas
ávidas de ganancia y aquellas fagales; algunas energéticamente enamoradas de
los combates, varias cuidadosas de sus vidas y energías, resulta razonable
suponer que estas naciones distintas deben tener destinos que también serán
diferentes en términos absolutos y, en una palabra, desiguales. Los más fuertes
representarán en la tragedia del mundo los personajes de los reyes y los amos.
Los más débiles se conformarán con bajos empleos.

No creo que en nuestros días se haya realizado la
aproximación entre las ideas admitidas en general sobre la existencia de un carácter
especial para cada pueblo y la convicción, no menos difundida, de que todos los
pueblos son iguales. Sin embargo esta contradicción es notable y flagrante y
tanto más grave cuanto que los partidarios de la democracia no son últimos en
celebrar la superioridad de los sajones de América del Norte sobre todas las
naciones del mismo continente. Cierto que atribuyen las altas prerrogativas de
sus favoritos a la sola influencia de la forma de Gobierno. Sin embargo, no
niegan, que no sepan, la disposición particular y nativa de los compatriotas de
Penn y Washington a establecer instituciones liberales en todos los lugares en
que se asientan y, lo que es más, a saber conservarlas. ¿Esta persistencia no
es, pregunto, una gran prerrogativa característica de esta rama de la familia
humana, tanto más preciosa cuanto que la mayoría de los grupos que otrora
poblaron o todavía pueblan el universo, parece carecer de ella?

No tengo la pretensión de gozar sin oposición al ver esta
incoherencia. En este punto, sin duda, los partidarios de la igualdad objetarán
en voz muy alta el poder de las instituciones y las costumbres; en este punto
dirán, una vez más, en qué medida la esencia del Gobierno, por sí sola y propia
virtud, en qué medida el hecho del despotismo o de la libertad, influyen con
energía sobre el mérito y el desarrollo de una nación.